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Las dos casas de las fiestas de fin de año


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En las fiestas de fin de año pareciera que el mundo se divide en dos casas. La casa de la luz, de las mesas largas, de las risas, de los brindis repetidos. Y la casa silenciosa, donde la ausencia se sienta a la mesa, donde el ruido externo contrasta con un vacío interno difícil de explicar.


Socialmente damos por hecho que estas fechas se viven acompañados. Las imágenes, los relatos, las tradiciones y las expectativas refuerzan una narrativa única: así deberían ser las fiestas. Y cuando nuestra realidad no encaja en ese molde —por duelos recientes, distancias, quiebres familiares, migraciones o simplemente falta de redes— la soledad se vuelve más visible, más intensa, más cruda.


Lo sé no solo por acompañar a otros, sino por haberlo vivido. Hubo años en que la Navidad me encontró lejos de mis hijos pequeños, y otros en que la primera celebración sin mi padre hizo que su ausencia pesara más que nunca. En esos momentos entendí que la soledad no siempre se elige, pero sí puede ser contenida.

Estas fechas tienen un brillo innegable, pero también una sombra que muchas veces preferimos no mirar. Y quizás la invitación no es apagar la luz, sino aprender a verla completa. A preguntarnos: ¿quién no está en la mesa este año? ¿A quién podríamos incluir con un gesto simple? ¿Cómo afinamos la sensibilidad para no quedar nublados por la agenda social?

A veces contener no requiere grandes palabras. Basta un mensaje, una llamada, una invitación sincera, una presencia sin prisa. Pequeños actos de bondad consciente y gratitud cotidiana pueden transformar silencios en puentes.

La invitación es simple y profundamente humana: en medio de tus celebraciones, haz una pausa consciente. Mira un poco más allá de tu propia casa y pregúntate quién podría estar habitando el silencio en estas fechas. Tal vez seas tú, tal vez sea alguien cercano. En ambos casos, recuerda que un gesto pequeño —una llamada, un mensaje, una presencia auténtica— puede marcar una diferencia enorme. Porque cuando elegimos mirar con atención y actuar con bondad, las fiestas dejan de ser solo una fecha en el calendario y se transforman en un espacio real de encuentro y sentido.

 
 
 

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